¿AMANECER
O AMAR NACER?
Hace
unos días, alguien me planteó lo siguiente: ¿amanecer o amar nacer? Hoy,
mientras recorría los sombríos y enormes pasillos de un centro comercial,
observaba los rostros taciturnos y resignados con que arrancaba una espléndida
jornada la mayoría de la gente que pasaba por mi lado. Algunos, absortos en sus
móviles. Otros, cabizbajos mientras sorbían algún café algo agridulce al
saberse cerca de otra jornada rutinaria. Amanecía, pero la luz del día no
parecía reflejar con la misma intensidad en sus miradas. Amanecía, sí, pero solo
en los calendarios. Como otro día que persigue el siguiente en algún almanaque
en el que se van tachando fechas como se va descartando una pequeña estrellita de alegría del
cansancio de lo urbanamente cotidiano.
Sin duda,
en ese instante, resultaba irremediable que me viniera tal interrogante a la
mente. ¿Acaso hemos olvidado la gran fortuna que supone poder contemplar un
nuevo día de nuestras vidas sin que, tal vez, el dolor o alguna otra triste
causa nos ciegue la vista y el alma para admirarlo? ¿En qué momento lo sencillo
de existir pasó a un segundo o tercer plano? ¿Y en qué momento se nos dijo que
la inmensidad del mar y los sueños se limitaban a una nómina y a sobrevivir
tras haber nacido? A veces, tengo la impresión de que seguimos habitando una caverna invisible. El Sol brilla sobre nosotros, pero no siempre logra penetrar en nuestro ser. La respuesta más
certera quizás pueda ser que, cada día, ejerzamos nuestro derecho a amar nacer.
Con el amanecer siempre en la mirada, aunque afuera se ciernan sombras de duda
o incertidumbre por un futuro que no llega, más allá de ahora. Amemos nacer.






