SIN IRME
Hoy salgo un rato
a otra ciudad distinta.
Sin irme muy lejos,
quiero descubrir otro mundo.
Y salgo de lo que solo
me da la fantasía de algo
para volver a todo,
mientras vuelvo
a lo que soy yo mismo,
sin irme.
No existe más belleza que atrapar los sonidos del mundo en unas palabras y ahondar en sus misterios por medio de las palabras de un poema.
SIN IRME
Hoy salgo un rato
a otra ciudad distinta.
Sin irme muy lejos,
quiero descubrir otro mundo.
Y salgo de lo que solo
me da la fantasía de algo
para volver a todo,
mientras vuelvo
a lo que soy yo mismo,
sin irme.
SOMBRAS AFUERA, LUCES DENTRO
La noche casi siempre
arriba temprano
a la ciudad.
Como otra singladura
de rutina y hastío.
A veces, demasiado pronto
sangra el ocaso en el corazón
de cuantos inundan de fantasmas
tristes las calles.
Sin embargo, amanece en mi alma,
mientras me inunda la vida
como un mar de belleza
que desemboca en mi verbo,
cual poema que escribe
el viento mientras sopla
con aires de poesía.
Y solo quedan sombras fuera.
Mientras dentro, se incendia
de luz todo mi ser
mientras, con el alma, amo nacer.
Sombras afuera.
Luces dentro.
SOLO TIEMPO
En este momento,
no hay un instante
normal de esos que parten
a chocar y estrellarse
fatalmente en los relojes.
No paso, a secas,
como la tormenta cuando amaina,
y se acaba ya la lluvia.
Ahora mismo existo,
mientras me late el alma
desde mi corazón en llamas
marinas y honestas.
Ahora no solo paso,
porque el tiempo
en este instante
es solo tiempo.
Una aguja que marca
el paso de algún almanaque
que sucede, sin más.
Mientras yo existo,
fuera del mundo,
en lo más profundo de mi mundo,
el tiempo ahora
solo es tiempo.
SOLO VIDA
Una palabra ahora.
Solo deseo pronunciar
con toda mi alma
una sola palabra: vida.
Sin que pase sola
hacia la muerte sin más.
Una palabra: vida.
Solo vida.
DEJA QUE LLUEVA
Deja que llueva. No te preocupes.
A veces, la tormenta
no tiene por qué ser mala:
solo llega, solo embiste
para limpiar todo lo malo.
Y se necesita un huracán
de catarsis que arramble
una ciudad llena de fantasmas,
hastío, cansancio y sombras
para que amanezca de verdad.
Deja que llueva, aunque duela
esa tempestad que no sabe
de borrascas ni paraguas.
Deja que arrecie esa tormenta
de duda en tu corazón
para que no haya más interferencias
demasiado cotidianas y mundanas
en tu alma fluvial que ansía
encontrar su senda marina.
Y así amanezca al compás
del brillo de tu mirada.
Deja que llueva
para que mañana amanezca
mejor en tu alma.
YA NO BUSCO EL CIELO
Antes quería llegar alto,
subir la montaña más alta,
escalar hasta el último peldaño
de alguna cima corporativa,
y estirar hasta la extenuación
mi aliento para que se convirtiera
en hálito
de éxito y oropel.
Sin duda, me equivocaba.
La grandeza verdadera
no se halla en las grandes cosas,
sino en las pequeñas cosas
que hacen grande la vida.
Ya no busco el cielo,
porque la vida por sí sola
es un río de pasión que desemboca
gigante y genuino en el océano
del alma cuando suena
de verdad el corazón,
sin el ruido infame del mundo.
Ya no busco el cielo,
porque ya estoy en el cielo.
Conmigo, pequeño, humano,
y perfectamente imperfecto,
ya estoy en el cielo.
BARQUITOS DE PAPEL
Ahora mis versos son frágiles,
livianos, ingrávidos
como barquitos de papel,
cuyos velámenes de melancolía
se hallan a merced
de la corriente marina
e inmensa de tu abrazo,
ahora ausentemente poético.
Y mi verbo parece zozobrar
en un mar cuyas olas
son solo embestidas de nostalgia,
que imagino mientras naufrago
dulcemente en los pecios
de anhelarte, de suspirarte, de recordarte.
Pasan los días, que se persiguen
iguales en tardes que desangran
en un tiempo que siempre
duele cuando no pertenece
a algún segundo tuyo.
Y aun así, no me importa
demasiado lo que pueda ocurrir.
Quiero volver a habitarte
como entonces,
cuando tu cuerpo desnudo
desembarca grácil y marino
en las costas de mis manos
abiertas a tu geografía,
cual río de deseo que se agranda
en tu océano de ternura.
Aun en frágiles barquitos de papel.
Aun en mis poemas a la deriva
de tu nostalgia,
quiero volver a amarte.
EN LETRA GRANDE
En letra grande, mi nombre,
mi huella, mi camino.
Marino, celestial, aéreo, etéreo.
En letra grande, en mi alma,
mi nombre, mi ser desnudo:
poesía humana,
en letra grande.
ESCRIBO
Escucho mi silencio.
Y el mar acarrea sus ecos
a la música de mis relojes
sin cadenas en el tiempo
mundano de la ciudad.
Escribo, porque mi corazón
canta con los acordes de la belleza.
Y mi alma grita poesía.
Por eso, escribo.
ATESORAR LA VIDA ES MEJOR
Muchas veces siento que acarreo momentos,
cual losas de horas,
mientras la vida pesa,
como la gravedad sobre el mundo
y las hojas cuya primavera
se desploma de los árboles
al llegar septiembre.
Mientras se desangra dulcemente
el verano en jirones de nubes
que presagian la nueva estación.
Y ya no quiero eso.
No quiero que siga pesando
cada segundo y que se sienta
cada minuto como el castigo
invisible con el que azotan
los relojes a un tiempo
que no sé muchas veces si pasa.
Por eso, hoy cambio de verbo.
Y hablo de atesorar
cada instante,
como la belleza
cuando se reconoce transparente
en la poesía desnuda
y marina del alma.
Sin duda, hoy ya no quiero,
seguir acarreando la vida.
Atesorarla es lo mejor.
MI HUELLA
Mi huella. Mi humana huella
ahora es algo más
que una pisada del camino.
Es universal, oceánica, mágica.
Inmensa en mi álmica
y vasta pequeñez.
Mi huella ahora es camino,
y salto, y vuelo hacia la plenitud
de encontrarme en mi senda.
Con mis pies atados al alma.
Mi huella. Mi humana
universal y oceánica huella.
OTRA PUERTA
Ahora quiero algo distinto.
Deseo que hoy suceda
algo más que otro día.
Quiero abrir otra puerta
que da a una casa
que, según dicen,
viene a dar una morada
de la cual no saben los catastros.
Una casa inmensa como el mar
que se mira en los espejos
translúcidos del alma,
cuando no pesa la gravedad
de la rutina en el corazón.
Una casa ligera, liviana, ingrávida,
como el vuelo del aire
cuando se acompaña del viento
que solo acarrea hojas secas
de otoño, sin más polvo ni manchas.
Ahora, sin duda,
quiero algo distinto.
Quiero, tal vez, que las cosas
hagan algo más que sucederse.
Y que el ruido
deje al fin de confundirse
con la música de vivir.
Quiero sucederme.
Y, por eso, quiero abrir
otra puerta de cuya llave
solo sé yo cuando se expanden
las alas de la verdad a mi vuelo
propio, sin otros viajes,
de esos que solo pasan.
Quiero abrir otra puerta.
La puerta inmensa
y oceánica de mi alma.
CANTA MI ALMA
Suena la música. El silencio
concuerda con los acordes
que vibran en este instante.
Y sin ruidos, puedo decir
que la ciudad parece cantar
algo más que ruidos extraños
de funerales demasiado tempranos.
Suena la música. Por un momento,
en mi momento, llega la vida
como un presente liviano
sin la gravedad de lo cotidiano.
Y soy feliz, porque en el silencio,
junto con el mar cuyos ecos
resuenan al compás del corazón,
escucho una canción cuyo concierto
de amapolas en un invierno
de tristezas y rostros cabizbajos
nadie salvo yo escucha.
Soy feliz. Más feliz que canta
porque en mi silencio ahora
suena la música de la vida,
mientras canta mi alma.
ESCUCHO DE VERDAD
Ahora escucho. De verdad escucho.
Mi silencio grita más alto
que todos los ruidos del mundo,
y brama mi alma como un río
de dulce tempestad que ansía
desatarse en mi océano de quietud.
Y escucho. Escucho de verdad
un verbo que no habla,
pero conmueve todo alrededor:
los latidos de mi ser,
con toda mi alma en ristre.
Mi silencio ahora grita,
sin las interferencias de la ciudad.
Y escucho, escucho de verdad
a mi vida, con acordes
que desbordan lo cotidiano.
Con toda mi alma
en ristre, escucho de verdad.
MEJOR NO ENTIENDO
Ahora no entiendo nada,
solo porque tal vez
no toca entender nada.
Así como el río desea agrandarse
al abrazar la inmensidad del mar,
debo abandonar un rato el mundo,
y colmar mi mente de vacío
para inundarme del mar tronante
del sosiego que brama
en la quietud de mi alma.
Mejor quizás que no entienda.
Porque puede que solo toque
escuchar en silencio el corazón.
LLENARME DE VACÍO
Ahora me siento
demasiado inflado de rutina,
y de un mundo que se dirige
tan rápido al abismo.
A un océano imparable
de desdicha y desconcierto,
en que no se escucha nunca
el dulce concierto del corazón,
cuando se desnuda
al inmenso amor de vivir.
Por eso, descanso del tiempo,
salgo de la gravidez inhumana
de una ciudad de pájaros cuyas alas
se cortaron antes del momento,
y me colmo de mi vacío.
Para que el mar
inmensamente pequeño
de mi ser me aguarde
más allá de las miradas cabizbajas,
inundadas de cemento y tristeza,
que pueblan ahora las calles.
Me lleno de vacío
para colmarme de mi corazón,
mientras se me llena el alma
de lo que soy,
vacío del resto.
ME VOY, CONMIGO
Me voy, conmigo,
porque todo el mundo
ahora sobra y transciende
lo que necesito escuchar:
los latidos de mi alma.
Me voy, conmigo.
A encontrarme de cerca
con el mar que tenía dentro.
Más allá del océano de lágrimas
invisibles que inunda la vida,
ahora me voy, conmigo.
A encontrarlo todo.
A encontrarme,
me voy, conmigo.
SUCEDE QUE PASO
Sucede que ahora paso.
En mi momento presente.
En mi tiempo, conmigo.
Sin que otro tiempo
marque el compás de mi viaje.
En mi tiempo, conmigo,
sucede que paso, presente,
al compás de mi alma.
SI SONARA EL ALMA
Ahora, sin mucho ruido.
Conmigo, en mi silencio,
me pregunto algo muy simple:
si sonara el alma,
¿a qué música se asemejaría?
No puedo saberlo, si bien
ahora busco la respuesta
sin interferencias mundanas.
Mientras el corazón late,
como el mar cuando sus olas
rompen en la costa.
Y hallo entonces,
en mis barcas de quietud,
la forma desnuda y sincera
en la que sonaría el ánima,
mientras grita el ser,
en silencio, su grandeza.
Si sonara el alma
seguramente, sería con latidos
de belleza en la poesía
inmensa de vivir.
Si sonara el alma,
gritaría maravillosa la vida.
PLENAMENTE SOLO
Nada. Tan solo nada, conmigo.
Solo, tan solo, conmigo.
Y con todo, conmigo.
Aun sin nada,
ahora estoy plenamente solo,
conmigo.
BUSCARME SIN PRISA
Sin carreras. Sin prisa.
Ahora salgo a buscarme.
Y no hace falta que corra,
porque ya estoy aquí.
Tan solo me estaba esperando.
Sin carreras y sin prisa.
TAN SOLO
A veces, estoy tan solo.
Otras, tan solo no estoy.
A veces, no estoy tan solo.
Y otras, casi siempre,
tan solo soy,
mientras estoy tan solo.
INOLVIDABLE LA MÚSICA
Entre interferencias cotidianas
e insoportables ruidos mundanos,
trato de no olvidar que los acordes
de la vida pasen por mi corazón,
como dirían los antiguos.
Y que la música del espíritu libre
siga sonando, aunque intente matarme
la rutina bélica de cada día.
Así como el mar no deja de acariciar
las costas de este mundo,
tampoco deja de sonar la vida
cuando se lleva dentro.
Inolvidable, sin duda,
la música cuando viene del alma.
SENCILLO RECORDARTE
Dicen que recordar viene a ser
algo así como volver al corazón.
Por eso, es sencillo recordarte.
Porque siempre retornas
en mi momento al alma.
Mientras en cada segundo
vuelves a pasar por mi corazón.
Sencillo, recordarte.
NO SOMOS MUCHO
Lo que somos, supongo
que no es ni demasiado
ni mucho.
En los mapas del mundo
somos poco menos que una mota
de polvo en las cartografías.
Y ni qué hablar de la sinuosa senda
que atraviesa nuestras almas.
De esas nadie sabe, salvo nosotros
cuando nos recorremos la vida,
palmo a palmo, desnudez a desnudez,
como el mar cuando ensancha
el caudal de un río
que parece ansioso
por saber su camino
a la inmensidad oceánica.
Como nuestros corazones
cuando se inundan
de un clamoroso silencio,
de cuyos acordes
solo sabe nuestra música
de arrumacos, abrazos y miradas
que cuentan nuestra historia,
aun sin palabras.
No somos mucho, pero ahora
nos basta con nosotros.
Yo lo sé. Tú lo sabes.
Nosotros lo sabemos.
No somos mucho para el mundo,
pero somos todo para nuestro mundo.
SIN EL MUNDO
Sin el mundo.
Ahora estoy tranquilo
solo, en el mundo,
pero sin el mundo.
En mi silencio, el alma retruena,
como una dulce tormenta de quietud
que me inunda de mar el corazón.
Y en un momento, solo y mío,
sin el mundo, soy el mundo.
Tranquilo, soy el mundo.
DEMASIADO TIEMPO PARA OTROS TIEMPOS
Demasiado tiempo para otros tiempos.
Llevas toda la vida
siguiendo los acordes
de una armonía ajena,
y cuando irrumpe el silencio
en tu habitación,
tal vez te preguntas:
¿dónde ha quedado mi música?
No te preocupes. Aún hay tiempo
para que dejes atrás otros tiempos
y pertenezcas a tu tiempo.
Dejes de ser lámpara
de noches ajenas,
y te conviertas en el faro
de tu barco existencial
en el océano incierto,
pero maravilloso, de la vida.
Escucha tu alma, sin ruido.
Y el corazón entonces
empezará a latir en cada paso
de tu camino propio,
sin desvíos.
Sin otros tiempos
que malgasten tu valioso instante.
En este momento, sé tu momento.
VIDA MARAVILLOSAMENTE INCONSTANTE
Hace algún tiempo quería
que todo fuera en línea recta.
Mi camino, sin demasiadas curvas.
Demasiado miedo de los accidentes
y los acíbares de un destino
futuro que no acababa de llegar.
Ahora, que estoy aprendiendo a caminar
por caminar, sin más, me pregunto
por qué he de preocuparme
sobre dónde caerá mi siguiente pisada.
¿Acaso el río sigue una senda recta
en su encuentro glorioso con el mar?
¿Acaso la lluvia llega sin que la desencadene
una tormenta antes?
Entonces, ¿por qué mi camino
ha de ser erróneo por las curvas,
si la misma naturaleza es curva,
como la hojarasca que cae
de los árboles en otoño?
En este momento, soy el momento.
Y dejo sin más que mi vida fluya,
maravillosamente inconstante.
Con sus curvas y desperfectos,
la vida, maravillosamente inconstante.
LLUEVE LA VIDA
Ahora hay tormenta.
Sin embargo, no quiero
que amaine esta dulce tempestad.
Porque llueve a borbotones la vida.
Y se incendia de verbo
la aparente quietud
de las cosas cotidianas.
Más allá de la lluvia que moja
al diluviar las aceras,
e impregna de petricor la tierra.
Hoy llueve la vida,
mientras se me inunda
el alma de belleza de poesía.
No quiero que pare esta tormenta,
mientras siga lloviendo
a borbotones la vida.
DEMASIADAS
ESPERAS
Ahora contemplo la ciudad que emerge afuera de mi ventana. Una cola
de gente aguarda unos minutos la llegada del bus. Algo cotidiano. Algo mundano.
Una de las tantas acciones que llevamos a cabo en nuestra cotidianidad. Sin
embargo, mientras los observo no puedo evitar que me venga una pregunta, quizás
algo tonta, a la mente: ¿no podríamos extrapolar esta espera normal a cuantas
hacemos, casi de forma inconsciente, a lo largo de toda nuestra vida?
Acabo de soplar cuarenta y una
velas. Según la esperanza de vida, me hallo en el ecuador de mi vida. En el
verano de mi existencia, si lo miramos desde un punto de vista espiritual. Sin
embargo, a veces, siento como si una cohorte invisible de sombras se cerniera
sobre mi espíritu y tratara de eclipsar mi luz. Me invita a seguir la senda del
rebaño, la carrera hacia lo que siento que llega a ninguna parte. Y no puedo
evitar sentir aquello que quizás se conoce como desconcierto e incertidumbre.
Ahora bien, si soy
sincero, en ese momento de duda que aparece cual faro de lucidez en un
laberinto de decisiones fútiles. En el silencio es cuando ya me encuentro donde
quiero estar. Conmigo. Sin las expectativas de mi empresa o de un mercado que
me empuja a un precipicio de cifras y productividad donde poco importa el ser.
Ahora yo, conmigo. Aquí. En el regalo de mi presente, siento que llevo
demasiado tiempo esperando. Porque, tal vez, ya tengo todo lo que esperaba. Mi
verdad. Que no espera. Que simplemente es.
DIOS SIEMPRE ESTÁ CONTIGO
Afuera hay mucho, demasiado ruido.
Cuesta mucho escuchar el mar
entre tantas interferencias infoxicadas.
Pero Dios está contigo.
El silencio es un privilegio
entre tanta prisas sin sentido.
Y muchas veces la previsión meteorológica
estival no coincide con el estado
sempiternamente umbrío del corazón.
Triste, taciturno y en plena desazón
en un desconcierto de acordes,
que no concuerdan con la música
templada y sosegada del ánima,
cuando es río que fluye sin más
a engrandecerse en el océano.
En las sombras sin aparente salida
en túneles de rutina
y extenuante cotidianidad.
En un invierno que no parece
materializarse en primavera al equinoccio.
En el camino al supuesto espejismo
que supone ser uno mismo.
En la utopía de existir más allá
de la productividad y las cifras.
Ahí, en donde a veces no se busca.
Y en donde siempre te encuentras.
En la luz que emana de tu pequeño
incendio de verdad,
y tus olas de pelágica nobleza.
Ahí, sin más puente
que tu alma desnuda,
sin disfraz mundano.
Solo contigo y lo que eres
en ti más allá
de lo que te dice el mundo.
Ahí. Dios está contigo.
Aunque no amanezca siempre
en la mirada pese al Sol.
Ahí, en donde te encuentras,
ahora mismo, en tu regalo de presente,
Dios está siempre contigo.
LENTITUD Y SILENCIO
Lentitud y silencio.
El camino no puede admirarse
si la prisa toma las riendas.
Y en el ruido cotidiano
no se puede escuchar el mar
que encierra la belleza del alma,
clara y natural.
Lentitud y silencio.
Tal vez, todo corre demasiado.
Y en la sintonía genuina del corazón
no caben las interferencias mundanas.
Por eso, cuando te sientas cansado,
détente y escucha la vida,
sin más.
En perfecta lentitud
y en perfecto silencio.
RE-CREARNOS
Todos somos
estrellitas fugaces de distinto brillo e intensidad. Astros de conciencia que,
al desnudar su resplandor, encienden las mentes que vibran en su misma sintonía
universal. Supongo que eso es lo que en realidad implica que las almas
despierten a su infinitamente pura y genuina raíz. Aquella que quizás se esfumó
un rato cuando trataron de eclipsar, sobre todo en nuestra infancia, esa
lucecita de poesía que se pregunta por el misterio tras la aparente sencillez
de las cosas y cuya duda es faro en nuestro viaje por los inciertos mares de la
existencia. Cuando aún era posible volar sobre los lápices o navegar hacia
otras tierras a lomos de la imaginación, sin más barco que el recreo de nuestra
fantasía. Y es maravilloso. Saber que todo eso es cierto y que todos somos
ciertos. Que somos verdad única en un todo universal. Y que aún, en momentos
como hoy, hay tiempo para volver a ser esa luz de otrora y ahora. Para
recrearnos. Y re-crear.
TESTAMENTO
Hoy
quiero dejar por escrito un humilde testamento. No voy a alargarme demasiado.
Solo deseo que, en unas pocos líneas, mis días persistan más allá de los
calendarios, cuando mi alma parta hacia otro cuerpo, hacia otro ser. Solo
quiero que, después de mí, tal vez estas palabras no se esfumen como la lluvia
cortada en la acera cuando amaina la tormenta. Como el petricor que se diluye
cuando el verano vuelve a agostar los campos. Quiero que este verbo perviva más
allá de mi acción. Por eso, quiero que esta pequeña reflexión sirva a modo de
pequeño testamento, cual testimonio de mi breve y casi invisible paso por este
mundo. Para que algún recuerdo sincero y amigable me albergue y perpetúe en su
también ínfimo instante, tal vez. Para que mis ríos de verbos y abrazos
encuentren desembocadura en algún océano de nostalgia, cuando ya mi caudal de
vida se haya extinguido. Por eso, hoy escribo mi pequeño testamento y les deseo
a todos “hasta la vida”.
HISTORIA BREVE DE TU DESNUDEZ
Te imagino ahora.
Estás a una nostalgia de distancia.
Tu desnudez de entonces,
de cuando éramos río de caricias
con desembocadura en el deseo,
es ahora un libro abierto
de milagros que aún mis manos
quieren seguir leyendo,
palmo a palmo,
línea a línea,
arrumaco a arrumaco.
Es cobijo en la tormenta,
verano en el invierno cotidiano
de mi lóbrega existencia.
Y solo quiero, a veces,
que vuelva a ser primavera
en nuestros cuerpos,
mientras fecundamos la tierra
de nuestros abrazos en las ganas.
Así es ahora la breve historia
de tu melancólica desnudez,
cuando la releo a solas
en las páginas de mi soledad.
A una nostalgia de distancia,
sigue resonando el eco
de tu historia desnuda.
DIFERENCIA DE QUERERTE
Ahora te quiero. No sé cómo.
Te quiero, aunque no seas ahora,
solo antes y después, tal vez.
De forma diferente.
Desde el sabor agridulce
de escribir un cielo de nostalgia
para rozar tu ausencia.
Te quiero, sin saber cómo.
Pero lo cierto es que te quiero.
Desde una palabra que te toca
desde el viento que acarrea
un momento de vuelo ingrávido,
un instante tuyo en el abrazo
onírico de crearte un segundo
infinito en la metáfora.
Aunque solo seas antes y después.
Y ahora solo te quiera,
sin saber muy bien cómo.
Esa es la diferencia entre querer ahora,
y la diferencia de quererte.
Que aunque solo seas antes y después,
te quiero,
sin saber por qué,
ni cuándo ni dónde.
Sin saber muy bien cómo.
¿AMANECER
O AMAR NACER?
Hace
unos días, alguien me planteó lo siguiente: ¿amanecer o amar nacer? Hoy,
mientras recorría los sombríos y enormes pasillos de un centro comercial,
observaba los rostros taciturnos y resignados con que arrancaba una espléndida
jornada la mayoría de la gente que pasaba por mi lado. Algunos, absortos en sus
móviles. Otros, cabizbajos mientras sorbían algún café algo agridulce al
saberse cerca de otra jornada rutinaria. Amanecía, pero la luz del día no
parecía reflejar con la misma intensidad en sus miradas. Amanecía, sí, pero solo
en los calendarios. Como otro día que persigue el siguiente en algún almanaque
en el que se van tachando fechas como se va descartando una pequeña estrellita de alegría del
cansancio de lo urbanamente cotidiano.
Sin duda,
en ese instante, resultaba irremediable que me viniera tal interrogante a la
mente. ¿Acaso hemos olvidado la gran fortuna que supone poder contemplar un
nuevo día de nuestras vidas sin que, tal vez, el dolor o alguna otra triste
causa nos ciegue la vista y el alma para admirarlo? ¿En qué momento lo sencillo
de existir pasó a un segundo o tercer plano? ¿Y en qué momento se nos dijo que
la inmensidad del mar y los sueños se limitaban a una nómina y a sobrevivir
tras haber nacido? A veces, tengo la impresión de que seguimos habitando una caverna invisible. El Sol brilla sobre nosotros, pero no siempre logra penetrar en nuestro ser. La respuesta más
certera quizás pueda ser que, cada día, ejerzamos nuestro derecho a amar nacer.
Con el amanecer siempre en la mirada, aunque afuera se ciernan sombras de duda
o incertidumbre por un futuro que no llega, más allá de ahora. Amemos nacer.
NUESTROS SILENCIOS SE ENTIENDEN
Sin palabras. Sin ecos
resonantes en el repiqueteo
de la tormenta cuando llueve.
Sin excesiva música
más allá de las ventanas
de maravilla en que se asoma
el dulce delirio de soñar.
Y sin más distancia
que un centímetro de nostalgia
en los vericuetos del recuerdo.
Sin palabras, sin ecos.
Solo con la poesía que rezuma
de nuestras miradas al tocarnos
el alma con la piel ahora desnuda
y ausente de la melancolía.
Somos barcos de remembranzas
en un océano de silentes arrumacos.
Así, sin aspavientos,
nuestros silencios se entienden.
BASTA CON NOSOTROS
Basta contigo.
Basta conmigo.
Basta con nosotros.
Ahora basta con nosotros
para que todo sume el mundo,
aunque no seamos mucho
para todo el mundo.
Es más, yo diría que solo somos
una mota de polvo en un campo
infinito de cemento acristalado
y jaulas sin aparentes barrotes,
con pájaros desalmados de corbata,
rutina y quehaceres mundanos.
Basta contigo.
Basta conmigo.
Basta con nosotros
para que nos sobre el mundo,
y amanezca otra ciudad posible
en nuestras miradas,
ajenas al resto de ojos ciegos
al sueño y la nostalgia.
Basta con nosotros,
en abrazos marinos e inmensos,
para que el río de besos
que nos inunda el cuerpo
halle su mar en el abrazo.
Y salgamos de la monotonía
cotidiana de calendarios urbanos,
sin tiempo en cada fecha,
para que salgamos de lo cotidiano
que nos sobra, cuando estamos,
y somos, y bastamos para todo.
Definitivamente, ahora basta contigo.
Basta conmigo.
Y basta con nosotros
para que exista,
más allá del mundo,
todo lo que queremos.
Todo lo que somos,
el mundo nuestro,
solo con nosotros.
Para eso, solo basta con nosotros.
HAGAMOS LO SIGUIENTE
Hagamos lo siguiente:
dame la mano y abrázame.
Conquistemos la metáfora
más allá de la nostalgia,
y acércate, acerquémonos
aunque sea un poquito
a ese verso que rezuma
el cielo en una sola palabra:
amor.
Hagamos lo siguiente,
sin demasiados aspavientos.
Seamos para sernos
sin el mundo,
aunque sea solo en el breve
segundo infinito que dura el amor.