VENUS SIN MILO
Vuelve a espantar palomas
tras cincuenta años de consciencia.
Ellas vuelan alto. Sonríe,
mientras otro perro le ríe
la gracia al ladrar.
Me dice: ¿No ves
a ese pizquillo?
Hoy se ha puesto
otra camiseta de sueños
con la inocencia al desnudo.
Y cada día parece más feliz,
aunque en los recuerdos
se le haya quedado la estatua
de la belleza de Venus
sin mucho Milo en el porvenir.
Sus ojos recorren el horizonte
de alguna foto sin más imagen
que un pronombre o un monosílabo.
Sí, son ellos: afirma
al mirarnos el rostro
de Super 8 tras un marco
de cuando éramos sus hijos.
Ya no se acuerda, a veces,
de que nos tuvo una noche
de hace casi treinta años.
Está volviendo, sin embargo,
a ser ella y su inocencia.
Una Venus sin Milo
a la que no le importa mucho ya
ser modelo de pasarelas olímpicas.
Solo espantar palomas,
y sonreírles mientras
vuelan alto.