DEMASIADAS
ESPERAS
Ahora contemplo la ciudad que emerge afuera de mi ventana. Una cola
de gente aguarda unos minutos la llegada del bus. Algo cotidiano. Algo mundano.
Una de las tantas acciones que llevamos a cabo en nuestra cotidianidad. Sin
embargo, mientras los observo no puedo evitar que me venga una pregunta, quizás
algo tonta, a la mente: ¿no podríamos extrapolar esta espera normal a cuantas
hacemos, casi de forma inconsciente, a lo largo de toda nuestra vida?
Acabo de soplar cuarenta y una
velas. Según la esperanza de vida, me hallo en el ecuador de mi vida. En el
verano de mi existencia, si lo miramos desde un punto de vista espiritual. Sin
embargo, a veces, siento como si una cohorte invisible de sombras se cerniera
sobre mi espíritu y tratara de eclipsar mi luz. Me invita a seguir la senda del
rebaño, la carrera hacia lo que siento que llega a ninguna parte. Y no puedo
evitar sentir aquello que quizás se conoce como desconcierto e incertidumbre.
Ahora bien, si soy
sincero, en ese momento de duda que aparece cual faro de lucidez en un
laberinto de decisiones fútiles. En el silencio es cuando ya me encuentro donde
quiero estar. Conmigo. Sin las expectativas de mi empresa o de un mercado que
me empuja a un precipicio de cifras y productividad donde poco importa el ser.
Ahora yo, conmigo. Aquí. En el regalo de mi presente, siento que llevo
demasiado tiempo esperando. Porque, tal vez, ya tengo todo lo que esperaba. Mi
verdad. Que no espera. Que simplemente es.

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