NUESTROS SILENCIOS SE ENTIENDEN
Sin palabras. Sin ecos
resonantes en el repiqueteo
de la tormenta cuando llueve.
Sin excesiva música
más allá de las ventanas
de maravilla en que se asoma
el dulce delirio de soñar.
Y sin más distancia
que un centímetro de nostalgia
en los vericuetos del recuerdo.
Sin palabras, sin ecos.
Solo con la poesía que rezuma
de nuestras miradas al tocarnos
el alma con la piel ahora desnuda
y ausente de la melancolía.
Somos barcos de remembranzas
en un océano de silentes arrumacos.
Así, sin aspavientos,
nuestros silencios se entienden.

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