MÚSICA PARA EL ALMA

lunes, 21 de abril de 2014

DECIMOCUARTO DISCURSO HUMANO (HABLAR CON LA BELLEZA)



DECIMOCUARTO DISCURSO HUMANO
(HABLAR CON LA BELLEZA)

Siempre se ha hablado de ella. Diferentes civilizaciones la han abordado de muy variopintas y diversas formas. Hay quienes la admiraban desde una silueta rechoncha y regordeta, porque también ello se consideraba sinónimo de prosperidad y fecundidad. Hay otros que la concebían y la conciben desde lo más hondo del alma sin que tenga, por necesidad, que reflejarse en un espejo frente al cual ha de maquillarse todo atisbo de triste o inevitables arrugas. Y hay quienes, en la actualidad, deben buscarla algo lejos de tantas imágenes invasivas y distorsionantes de la realidad.

Se debe decir también que, hoy en día, existen muchos oficios que consagran su tiempo al estudio y supuesta también creación de la belleza. Los esteticistas maquillan rostros, agrandan labios, embellecen la visión casi de espejismo de muchas divinidades sin Olimpo con el objeto de embelesar viandantes al paso. Luego están los diseñadores de moda, expertos en ocultar vergüenzas y partes pudendas, porque hay que cuidarse de la tierna violencia con que pueden atraerse dos cuerpos. Y así otros muchos oficios encargados de descubrirnos una cierta belleza. Yo, sin embargo, me pregunto a menudo: ¿donde está la belleza?

No la percibo muchas veces en la ciudad. Entonces, salgo al bosque a cruzar amapolas y tender primaveras ocultas a mi paso. Escucho cómo le susurra algo el río a los árboles en un lenguaje que no entienden ni botánicos, ni biólogos, solo la poesía y quien aguarda escucharla con los ojos del corazón y el alma. Creo en el canto de sirenas buenas que no ahogan marineros. Percibo también un sauce llora sin lágrimas. Y por las mejillas me discurre ahora un riachuelo de emociones que torno en algo con versos y estrofas. En ese momento, entiendo mejor lo que quería expresar Bécquer cuando decía que "aunque no haya poetas, siempre habrá poesía". La belleza, a veces, hay que buscarla en otras calles lejanas a esta ciudad con demasiado colorete. En los pianos cuyos acordes no siempre podemos oír en escenarios pomposos. En siluetas distintas a las de magras bellezas. En la poesía que solo nos recita el alma y que nos ayuda a dialogar de veras con la belleza.

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