MÚSICA PARA EL ALMA

jueves, 30 de agosto de 2012

CRÓNICA DE OTRO DÍA CUALQUIERA





CRÓNICA DE OTRO DÍA CUALQUIERA


Son las siete de la mañana. El despertador me levanta de esa dulce y mullida superficie de mi cama con ese tierno sonido de timbres y alarmas. Hoy promete ser un día distinto. Tenemos que vestirnos de príncipes y princesas de ocasión para un desfile fotográfico en el que prevalece como siempre la silueta ante el contenido. Y me yergo animado ante la perspectiva de un horizonte rutinario que parece dibujarse con otros trazos, mientras tímidamente el Sol  se asoma en el firmamento y dispara sus primeros rayos de amanecer en mis pupilas.

Me quito el pijama y voy a darme una ducha como de costumbre. Se debe estar bien aseado siempre, no vaya a ser que un olor mefítico pueda pervertir el olfato de cualquier que se halle a tu vera. Luego, abro la nevera y sacio el conato de hambre que comienza a susurrar en mi estómago. Todo no me lleva más de quince minutos. Mientras tanto, afuera un hombre triste parece consumir sus últimas huellas en el asfalto de Holzmen al pasear a un mastín bastante grande. En la mirada le queda solo ese último brillo de una tarde al abrigo de algún lejano recuerdo. Puede que su amor siga sentado todavía en los bancos de aquel parque, reinando sin coronas en los tronos de la melancolía.

Y retorno a mi realidad. Hoy promete ser un día distinto, como ya he dicho. Me atavio en mi traje y oculto mi desnudez bajo una camisa blanca y una corbata de color grana que ensalza en parte de mi juventud de mozo, algo pueril todavía. En ocasiones, me siento como esa manzana aún por madurar que no se caído del árbol por obra y gracia de la cabeza y la gravedad de Newton. No le queda demasiado al autobús para pasar y camino los cincuenta metros que separan mi estudio de la parada en la que he de esperarlo. Los rostros resignados sin abrazos de alegría, y de invierno de la gente que me acompaña silenciosamente en la corta travesía desde mi pueblo hasta Mamer y Capellen hacen que me pregunte si realmente serán diferente estas horas que se encargan de recordarme los leves latidos de mi corazón: "puede ser que la vida tenga algo bonito por depararme" - me sigo diciendo. Y entre semáforos, retenciones y ruido como de presión y agobio entre pitos, llego a mi oficina.

Parece diferente. El mundo se ha engalanado para la ocasión. Sonrisas maquilladas. Alegría desbordante en vasos de cristal y champán. El tiempo parece fluir de otra manera. Caudaloso en sus horas como el Orinoco cuando baña parte de Sudamérica con su caricia transparente y silente de agua alborotada. He prometido ser un poco más feliz, y aunque sea consciente de que, tal vez, tras las risas, el alborozo y la fiesta posterior en el Schouberfest, vuelva a suspirar otro adiós en mi consciencia, quiero ser feliz en este preciso momento. Hoy es el momento perfecto para serlo, aunque mañana se baje el telón. Y este teatro siga estando lleno de mármol, ciudad y nostalgia.




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