MÚSICA PARA EL ALMA

domingo, 5 de diciembre de 2010

HOMENAJE, TAL VEZ PÓSTUMO, A MARÍA




HOMENAJE, TAL VEZ PÓSTUMO, A MARÍA


Recuerdo que aquella tarde de hace más de dieciséis años el sol vespertino disparaba flechas de luz en mi triste mirada. El día era hermoso. Sin embargo, yo no tenía ganas de contemplarlo como se merecía. Había pasado otro aciago mediodía de golpes y burlas en los rincones de aquel patio del colegio con cuyas paredes de escayola mi silencio entablaba largas y tendidas conversaciones. Me sentía el niño más desgraciado de cuantos pisaban la tierra por aquel entonces y, aunque aún era abstemio, había un licor salado que siempre bañaba mis sonrosadas mejillas: las lágrimas con las que me embriagaba de sueños.

Eran ya las cuatro de la tarde. Y mis padres y yo nos dirigíamos a un nuevo centro de rehabilitación, en el barrio de Escaleritas, de cuyas paredes ennegrecidas y sucias aún me acuerdo. Aquiles aún me flaqueaba bastante, hasta el punto de que no me dejaba caminar como cualquier niño: tenía que andar de puntillas a duras penas y caerme más veces de las que podía levantarme. "Siempre tropezándote con las rayas del piso Efrén"- me decían mis padres. No obstante, parecía que la solución iba a llegar más pronto de lo esperado, aunque lo cierto es que, en mi fuero más interno, no creía ya nada de lo que afirmaban aquellos médicos que se habían pasado toda mi vida la pelota, y no precisamente la de plástico. Era como un juguete en las manos inexpertas de un niño que se entretiene buscando la manera de entenderlo. Sin embargo, mis padres me decían que aún debía conservar la fe y que, dentro de muy poco, no habría dardo envenenado que me tumbase.

Yo seguía llorando, aunque mis lacrimales no derramasen gota alguna de sal por aquellos lóbregos pasillos en los que el sol parecía diluirse como las huellas del mar en la playa tras unas cortinas bastante roídas y descuidadas. Cuatro camillas sobre cuyos respaldos reposaban algunas cárceles de huesos, un fisioterapeuta y una secretaria eran los únicos habitantes que poblaban aquella estancia umbría. Sólo me apetecía huir en aquel instante para columpiarme en las nubes de mi imaginación. Sin embargo, había una niña, de rostro macilento enclaustrado en una jaula ósea, cuya sonrisa inocente y maravillosa parecía huir de aquel suplicio en una ráfaga de coraje. Me había cautivado. Estaba bastante peor que yo. Una atrofia muscular severa la había dejado postrada a la cama y pegada a unas sondas con las que se alimentaba desde el día de su nacimiento. Todo lo que podían hacer entonces, en aquel centro, era estimular un poco aquellos músculos engarrotados y brindarle un poco de bienestar a una niña abocada a la desgracia sin pretenderlo. Sin embargo, sonreía. Y el brillo de sus ojos me regalaba un gramo de alegría, entonces, y, a su vez, hacía que me preguntara por qué me creía el más desafortunado de los niños. Me decía mucho más de lo que podía expresar con sus gruñidos y sus limitados gestos, aunque no fuera consciente, en ese momento, de ello.

Los días pasaron, y las semanas, y los meses. Cada lunes, miércoles y viernes a la misma hora de la tarde la veía en aquella posición casi fetal. No había terminado de nacer, quizás, y puede que nunca lo hiciese como corresponde a todo ser humano. Sin embargo, entre gruñido y risotada forzada, hablábamos de manera cada vez más profunda.

    • Hola.. ¿Cómo estás?

    • Ahhhhhhh- replicaba siempre en un intento vano de comunicación oral.

De todos modos, las palabras sobraban por aquel entonces. En cada mirada, ella me decía todo lo que se necesitaba para contar una historia. Aquellos ojos encerraban toda una biblioteca de fantasías que, tal vez, nunca vería la luz más allá de aquellas pupilas encendidas por quien sabe qué flama de esperanza. Y lo cierto es que, al principio, estaba sordo y ciego. No podía entenderla, porque, quizás, hasta ese entonces no había sido capaz de entender cuánto se puede decir en un gesto, en una determinada actitud. Sin embargo, ahora ella se había tornado en un libro abierto cuyas páginas quería devorar trozo a trozo como un ávido lector de relatos de aventuras, porque descubrirla era darme cuenta de lo afortunado que era, aunque pueda parecer egoísta.

Los primeros días me costaba entrar a que curasen de forma baldía e inane a Aquiles. Sin embargo, ya aquello había pasado a un segundo plano. Me bastaba hablar sin términos complejos con aquella muchacha de piel blanquecina. Y, por ello, aquellas tardes pasaban igual de rápido que una nube de paso por los cielos del mundo hasta que, después de año, dirigí la mirada hacia la camilla en la que aquel segundo ataúd óseo en el que le había tocado vivir reposaba. Ya no estaba allí. Y lo primero que hice fue preguntarle a la secretaria dónde se había metido mi compañera de viaje por la imaginación. Habíamos volado tanto juntos sin desplegar más alas que nuestras ventanas siempre abiertas a los sueños que echaba mucho de menos verla allí, aunque, en el fondo, supiese que, tal vez, lo mejor que podía pasarle era marcharse a aquel país de maravilla bajo sus párpados.

    • ¿Dónde está la muchacha de aquella camilla?- pregunté.

    • ¿Te refieres a María? Ya no está en este centro. - me respondió la secretaria

    • ¿Y adónde ha ido?

Nunca me lo dijeron y lo cierto es que nunca volví a verla más allá del recuerdo. Tal vez, los ángeles estarían velando por su alma ya. Aquel golpe de su marcha, por extraño que parezca, me dolió mucho menos que los que me propinaban algunos chiquillos de mi colegio, porque quizás ella me había enseñado de forma indirecta que la vida es un tesoro del que no hemos de desprendernos hasta que nos la robe la muerte, mientras podamos contarla. Aún su recuerdo perdura en mi memoria como entonces, hace ya más de dieciséis años. María: así se llamaba aquella niña.

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